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Sería necesario, para una mayor
comprensión del fenómeno, tratar de comprender la situación en la que se encontraba el
mundo para 1970, año en que Florian
Scheneider y Ralf Hutter fundaron Kraftwerk. Así, dialogando con su
entorno, es como el Scheneider fundaron arte opera mismo tiempo que es como clave;
accionando como intérprete al interpretado. Y si este diálogo ha de ser rico en cuanto a
la cultura representativa de una época se refiere, ni que hablar de las vanguardias, que
invitándonos a reconocer críticas, realidades opuestas que se expanden hasta dejar de
ser, nos sugieren que ese diálogo nuevas formas y no es tan mecánico como se supone.
 Nacidos en Alemania, una de las clásicas cunas de las
vanguardias más significativas, los Kraftwerk miraron a su alrededor; vieron lo mismo que
los hippies de la costa oeste americana, lo mismo que los jóvenes universitarios del mayo
francés, lo mismo que todos los de aquella generación vieron, pero el pasado y el
presente era diferente y mucho más lo fue la óptica que Hutter y Scheneider utilizaron
para interpretar aquel presente.
Al término de la segunda guerra y con el espectacular
salto tecnológico, que hoy más que nunca parece carecer de techo, edificios
monumentales, carreteras, aparatos electrónicos, rascacielos y las constantes novedades
de la industria pasaban a formar parte de la vida cotidiana de las grandes urbes que
mostraban día a día su desmesurado crecimiento. Esa vida en común que todas las grandes
ciudades tendrían como identidad sería lo que Kraftwerk musicalizaría.

Ralf y Florian se conocieron en 1968, cuando ambos
estudiaban música clásica en el Conservatorio de Dusseldorf.
Ralf comentaría años más tarde: "Los instrumentos clásicos eran demasiado
limitados y se perdía mucho tiempo practicando ejercicios mecánicos para conseguir
agilidad. Con nuestros ordenadores, todo esto desaparece, y así se puede aprovechar mejor
el tiempo en la estructuración de la música".
Por supuesto que estos hombres no salieron corriendo a
comprar samplers, cajas rítmicas ni secuenciadores a la casa de música más cercana;
todo esto aparecería, tal como hoy se ofrece en el mercado, mucho tiempo después.
Inclusive, Kraftwerk, se mantuvo alejado de los «sinte» standard que aparecieron en la
época firmados por empresas como Moog, EMS o ARP, para usar su rudimentario y casero
equipamiento: órganos electrónicos modificados y osciladores de fabricación casera. Con
los años, el estudio de estos muchachos, se transformó en una especie de laboratorio de
elite lleno de prototipos de modelos desarrollados por diversas compañías y aparatos
altamente complejos construídos por encargo.

No sólo los sonidos eran totalmente nuevos, acompañaba a
la música una estética sobre el escenario totalmente deshumanizada, robótica, una
visión futurista más cercana a Metrópolis (el film magistral del director alemán Fritz
Lanz) que a La Guerra de las Galaxias. Mientras en los escenarios del mundo se
buscaba el desborde de energía, Kraftwerk proponía un ambiente ultra mecanizado al grado
de provocar una relación casi hipnótica con los concurrentes a sus conciertos, una
vidriera con escaso movimiento que rompía de manera despiadada con la figura del músico
hiperactivo transpirando por el despliegue que la interpretación y el público le
exigía.
El concepto Kraftwerkiano es la variable que permite
reconocer su razón. Para Kraftwerk (Planta de Energía en alemán), el proceso de
producción musical es un proceso de producción industrial. Esta definición puede
sonar antipática, pero reconozcamos que es
vanguardista, teniendo en cuenta que siempre se trató de caracterizar a la esfera del
arte como algo que escapa a los procesos materiales, y sincera, dándoles la razón acerca
de que en el presente nada parece escapar a la lógica que la industrialización ha
impuesto.
La huella de este grupo se fue desdoblando en tendencias
que van desde la música industrial al techno - pop, pasando por el trip hop, el techno,
el house, el ambient, el jungle, el hip hop, etc. Sus sonidos sirvieron de inspiración a
bandas como Depeche Mode, Front 242, Nitzer Ebb, 808 State, Orbital, NIN, etc. y han
servido de musa a músicos y agrupaciones de distintas tendencias como Bowie, Pet Shop
Boys, Cabaret Voltaire, Human League, OMD y un sinfín de artistas que más allá de
juzgarlos como dignos o no de ser citados han tomado de los padres del tecno algo de aquel
influjo innovador que representó su visión de la forma de hacer música.
Con el paso de las décadas la producción de
Kraftwerk se fue espaciando y el fantasma de la ausencia aparece como si Kraftwerk ya
hubiese cumplido su misión. La realidad es que la falta de un manager hace que su
contacto con el exterior sea complejo y que este aislamiento voluntario cree alrededor de
ellos un misterio que sus seguidores alimentan con la esperanza de que en cualquier
momento el grupo sorprenda al mundo con un nuevo trabajo. Por el momento dedicados a una
gira mundial los Kraftwerk, esos hombres mitad humanos mitad robot, ya llevan 28 años
casados con la tecnología, viendo como aquel hijo nacido del paisaje industrial de
Dusseldorf va mutando a través del tiempo y de los diferentes lugares. Les gusta la
definición de música folk industrial ya que sostienen que todas las urbes
industrializadas poseen una semejanza que las une a través de una identidad tan
determinante como las de aquellas zonas rurales que acunaron disímiles formas de
musicalizar sus paisajes de vida.
Aparte de la gira que hoy los ocupa, el dúo fundador,
trabaja durante 8 hs. por día en un proyecto secreto que ni EMI (su casa discográfica)
se atreve a develar.
Pasaron casi tres décadas y Kraftwerk, lejos de
transformarse en el recuerdo de una de las bandas más influyentes desde los Beatles y los
Stones, amenaza con seguir haciendo cantar a las autopistas, al ferrocarril y a las
computadoras.
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Autobahn (1974) - Radiactivity
(1975) - Trans Europe Express (1977) - The Man Machine (1978) - Computerworld
(1981) - Electric Cafe (1986) - The MIx (1991) -
The Model (1992) |
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