La Muerte de Rasputín
SAN PETERSBURGO [RUSIA]
28 de Diciembre de 1916
Gregori
Efimovich nació en la Siberia Occidental aproximadamente en 1872. Nada se
conocería de él a no ser porque creyéndose con poderes especiales logró
curar al zarevich Alexis de la hemofilia, cosa que no había logrado ninguno de
los médicos llegados al palacio de San Petersburgo. A partir de entonces
Rasputín (como sería conocido) se convertiría en el protegido de la
emperatriz Alexandra.
Rasputín llegó a tener
tanto poder dentro del
palacio de los zares que prácticamente no había decisión que no pasase por su
juicio. La aristocracia rusa no veía con buenos ojos la presencia de aquel hijo
de campesinos analfabetos en asuntos gubernamentales. Sin embargo era tal la
capacidad de convicción, y el terror que su firmeza ejercía sobre todo, que
nada pudo detener su escalada dentro del poder del gobierno del zar Nicolás
II.
Los biógrafos no dejan de pintarlo como un
verdadero monstruo diabólico, capaz de ejercer una dictadura feroz,
completamente despiadado y concentrado en romper la barrera de cuanto pecado
capital hubiera.
Ya sea desde los banquetes espectaculares que
terminaban en grandes orgías o desde la toma de decisiones de gobierno, todos
sus actos eran revestidos de un halo místico que obturaba cualquier oposición.
Su mirada penetrante, su estampa la de guerrero bravo, su rostro anguloso y su
barba oscura, hacia imaginar una fuerza extraña detrás de aquel simple hombre.
Como dijimos antes: existían sectores de la
aristocracia cuyo mayor deseo era la desaparición de Rasputín.
Algunos lo habían intentado con tal suerte que muchos llegaron a pensar que
aquel ser era inmortal.
Presentado como un hombre de Dios, en realidad su
vida era de lo más libertina. Un "jlysty" convencido, es
decir: alguien dispuesto a cometer los mayores pecados ya que, según su
filosofía, el mayor placer de Dios es perdonar a los más grandes pecadores.
Hechas estas consideraciones, no nos tentaremos
es verter sobre Rasputín ningún juicio de valor, si es que ya la
presentación no ha caído en ello con tanto adjetivo.
Nos ocuparemos de narrar, según las
declaraciones del protagonista principal de la jornada del 28 de diciembre de
1916, las últimas horas del aparentemente inmortal Rasputín.
El príncipe Yusupov y un grupo de hombres
habían preparado lo que sería la trampa para cazar a la bestia. En el sótano
del palacio de Yusupov se disponía la mismísima tentación para un
hombre de las características de Rasputín. Narrar los por menores de
todo lo que debieron planear aquellos hombres para al fin alcanzar su objetivo
sería demasiado extenso. Así pues, imaginemos la escena anteúltima: el
príncipe Yusupov y Rasputín sentados en aquel sótano lleno de
manjares, con una decoración cuidada y con un hogar de leños
crepitantes. Los amigos del príncipe
habían dispuesto todo al detalle y esperaban en el piso de arriba el desenlace
ansiado. Rasputín había sido engañado, no se imaginaría nunca que
aquella sería su noche final.
Tanto la bebida como los bocadillos tenían la
cantidad de cianuro necesaria como para matar a un batallón. Raputín y Yusupov
hablaron animadamente durante bastante tiempo. Rasputín comentando sus
triunfos respecto a todos los intentos de asesinato que había sufrido; el
príncipe, tratando de equilibrar sus nervios, pues él estaba justo en eso de
atentar contra la vida de su interlocutor en aquel momento, y parecía que aquel
hombre sospechaba sus intenciones.
El tiempo corría y el hombre de confianza de los
zares no probaba bocado de los tentadores dulces espolvoreados con veneno, ni
bebía nada de todo lo que Yusupov le ofrecía.
Cuando los nervios de Yusupov estaban por
quebrarse, Rasputín aceptó una copa de vino de Crimea y comenzó
a devorar los dulces mientras dialogaba en un ambiente más relajado.
Yusupov, no podía creer lo que estaba
viendo, el hombre aquel había ingerido la cantidad de veneno suficiente como
para voltear a un regimiento. Más tarde el invitado pidió beber Madera y se
rehusó a que le cambien el vaso. El príncipe quiso persuadirlo que no era de
buen bebedor mezclar bebidas, sin embargo Rasputín negó el cambio. De
nada le sirvió, el Madera también estaba envenenado. Todo estaba
pensado para que la presa no escapara del destino que Yusupov y sus
hombres le habían trazado, según sus convicciones, por el bien del imperio.
Debilitado por el veneno, Rasputín ya
parecía reconocer lo que estaba pasando. Yusupov tomó un arma y
pidiendo al cielo fuerzas para terminar con la ejecución le disparó al
corazón. Aquel terror humano caía sobre la alfombra de oso dispuesta junto al
hogar. Al oír el estampido, los hombres de arriba, Purichkevich, el
doctor Sukhotin y el gran conde Demetri Pavlovich, corrieron
escaleras abajo. En el caos de la marcha chocaron con el príncipe que no salía
de su
desesperación y torpemente dejaron sin luz el sótano. Una vez
restablecido el orden vieron al hombre y lo examinaron para corroborar su
muerte. La bala le había atravesado el corazón. Ahora restaba la segunda fase
del plan: deshacerse del cuerpo.
Subieron para ultimar los detalles del traslado
hasta la isla Petrovski. Sin embargo había temor; no podían
creer que habían cumplido con su objetivo y bajaron a ver si todo estaba bien. Yusupov
se acercó al cuerpo y lo sacudió para verificar su estado. En ese
instante Rasputín se puso de pie: roja de sangre su blusa de seda,
espuma en la boca y los ojos desorbitados de odio. El príncipe casi muere de
terror. El cuerpo atiborrado de cianuro tenía una fuerza irracional y estaba
trenzado en fiera lucha con su verdugo.
Yusupov logró escapar y llamar a
Purichkevich para informarlo de que la bestia se resistía a morir.
Mientras tanto, Rasputín, alcanzó una puerta secreta y logró salir a
un patio interno. "Esa puerta debía estar cerrada", pero no fue así.
Los perseguidores encontraron al "teóricamente" muerto en el patio y
le dispararon hasta que cayó sobre un montículo de nieve. Eran cerca de las
cinco de la madrugada de aquel 29 de diciembre de 1916 y Rasputín, ahora
sí, había muerto. Aquellos hombres convencidos de que en aquel acto habían
salvado a Rusia no podrían olvidar jamás lo sucedido entonces. Jamás
podríamos saber la suerte de Rasputín de haber vivido apenas diez meses
más para presenciar la revolución de octubre de 1917 que signaría el destino
de aquélla región del planeta. Sí sabemos la suerte de Yusupov que
debió huir de Rusia con su esposa Irina cuando estalló la
revolución bolchevique. El príncipe se estableció en París, escribió
algunos libros y realizó algunas inversiones que le permitieron vivir
holgadamente. Con el fantasma de aquella noche dando vueltas para siempre en su
memoria, Félix Yusupov murió en Francia en 1967. Tenía ochenta años
y, aquel joven de 29 años que había dado muerte a uno de los más celebres y
temidos personajes de la Rusia zarista, todavía recordaba cada detalle de lo
que había ocurrido aquella noche de diciembre.
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