Ocurre con los libros lo que con los
hombres:
un número muy reducido tiene gran importancia;
los demás andan confundidos
entre la multitud.
Voltaire
Federico II de Prusia llegó al trono a los 28
años. Reinó desde 1740 hasta 1786. Llamado Federico el Grande fue un monarca de gran
capacidad gubernativa. Rodeado de filósofos y hombres de letras su gobierno se
caracterizó por un despotismo ilustrado bien marcado. Contando entre sus amigos con
hombres como Voltaire, favoreció el desarrollo de las artes y entre sus medidas más
significativas incorporó a su reinado la enseñanza primaria obligatoria.
La siguiente, más que sólo una anécdota, es una historia desapercibida que alargó la vida de uno de los reyes prusianos más significativos.
Una tarde Federico entró a uno de los salones del palacio de Sans - Souci y sentándose a
la mesa pidió a un sirviente su
habitual taza de chocolate. El sirviente hizo llegar la orden al cocinero y al tiempo
ingresó al salón con el pedido del rey. Una vez que tuvo el tazón delante de sí,
Federico fue asaltado por un pensamiento que le hizo postergar por unos segundos la toma
del chocolate. Habiendo dejado la llave puesta del arcón donde había dejado unos papeles
de gran importancia, decidió ponerse de pie y desplazarse hasta la habitación contigua a
solucionar el descuido.
Ya de vuelta a la mesa, se dispuso a ingerir su chocolate cuando detectó un fino hilo
brillante que descendía, desde el techo hasta su taza, en perfecta línea recta. Pasó la
mano suavemente como para cortar el recorrido de la fina hebra y advirtió que se trataba
de la tela de una araña incauta que había descendido sobre su tazón real para darse un
chapuzón en el espeso líquido.
Sin perder tiempo, el rey, llamó de inmediato a su criado y pidió que le cambien la taza de inmediato.
Al ver al criado llegar con la taza intacta, el cocinero comenzó a transpirar, los nervios se le quebraron y la angustia iba en aumento a medida que el criado se acercaba.
Al escuchar al sirviente decir que el rey pidió, sin motivo aparente, que le sea cambiada la taza, el cocinero corrió hasta un rincón y se dio muerte súbitamente. La razón: el hombre había puesto veneno en el tazón y, dadas las circunstancias, supuso que el rey había descubierto su plan homicida.
Debido a este confuso episodio es que años después Federico el Grande dispuso que se pintara el techo de la habitación, en la que se encontraba, la imagen de una araña en su tela. Un homenaje merecido a aquella amiga desconocida que fue la más eficaz guardaespaldas del rey y que entregó la vida por el monarca prusiano sin darse cuenta de lo que esto significaba.
Quizás lo más llamativo de esta historia desapercibida radique en lo variado de sus
protagonistas: un rey afortunado, un cocinero traicionero y una araña que, sin saberlo,
salvó la vida de Su Majestad
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