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Campo de Concentración
España - Noviembre 1938
Narrado por el protagonista
Campos
de concentración en España en los tiempos de la Guerra Civil. Yo fui en
Noviembre del 38 uno de los que estuvimos internados en uno de ellos. Era el que
habían habilitado como tal en un antiguo monasterio sito en el pueblo de Corbalán en la provincia norteña de Santander.
Hoy
voy a contaros como llegué, permanecí y salí del campo.
El
7 de Noviembre de aquel penúltimo año de la Guerra, fue el día o, mejor
dicho, la noche en que me decidí a saltar fuera de la trinchera y en compañía
de mi amigo Seoane, pasarme de las líneas del ejército rojo (así llamado en
aquel entonces) a las del nacional. Era en la zona del frente del Ebro, en el
sector de Pobla de Masaluca, un pueblo que, a pesar de ser el que daba nombre al
sector, nunca llegamos a ver.
El
paso atropellado, angustioso, os lo conté en mi "Diario de Guerra".
Aquella noche al llegar a la trinchera nacional, después de haber entregado el
armamento a los soldados y haber declarado frente el capitán de aquel sector,
comimos de un rico arroz del que ellos ya habían cenado y nos acostamos a
dormir en una chabola compartiendo con algunos soldados.
Al
día siguiente, nos llevaron en un camión hasta Zaragoza y nos dejaron en un
cuartel, a espera de nuestro destino. Dos días estuvimos allí, deambulando por
el patio, sin salir a la calle.
Ante
el peligro de que hubiera infiltrado algún espía, era ya una norma general
llevar a los que se pasaban, a un campo de concentración hasta poder comprobar
nuestras personalidades. A nosotros nos tocó en suerte el susodicho campo
santanderino, al cual nos llevaron junto a un contingente de más o menos
doscientos prisioneros, en un tren de carga en el que estuvimos encerrados
durante dos días, sin saber donde estábamos ni por donde pasábamos, ya que en
las paradas no nos permitían abrir las puertas de nuestros vagones. Solo en
marcha, podíamos abrirlas para hacer nuestras necesidades más perentorias. Nos
habían dado rancho en frío para los dos días, bastante abundante, compuesto
por carne en lata y dos chuscos (panes de cuartel) a cada uno. Las cantimploras
llenas nos garantizaban calmar la sed que no era mucha teniendo en cuenta que
estábamos en invierno.
-----o-----
Monasterio,
lugar santo, que entre tus paredes albergaste tantas almas que, penitentes,
elevaban su espíritu hacia Dios, oíste por centurias sus rezos orales,
cánticos de ruego y adoración, pasos de semidescalzos pies por tus galerías,
comidas frugales en tu refectorio.
Te
viste, de pronto, invadido por esta manada de almas diversas, en tiempos
diversos y tan diversos sentimientos. Si antes los tuyos, aquellos para los
cuales fuiste edificado y bendecido, deambulaban por tus aposentos, pasillos y
grandes patios, con toda soltura, con muchos silencios, con muchos susurros
orando en tu capilla, ¿Cómo no te ensordecen estas multitudes que ahora te
invaden involuntariamente? ¿Cómo no te aturden las voces chillonas de los
guardianes, vapuleando a las masas? Y piensa que solo te mandan algunos, los que
se prestaron a ser tus huéspedes, sin pensar que te visitarían antes de
conseguir lo que solo sería una condicionada libertad.
Entre
tus muros y en tus celdas monásticas, se decía que vivían unas cincuenta o
sesenta almas benditas, dedicadas solamente a tu alabanza y a la oración.
¿Cómo puedes ahora albergar a dos mil? Como si se tratara de ganado. En cada
una de tus angostas celdas en las que justamente se movía y descansaba uno de
tus adoradores, ahora duermen, cuando pueden, veinte almas atormentadas por el
destino incierto que les espera.
El
refectorio donde comían frugalmente tus frailes queridos, no sé ahora en que
se habrá convertido, porque donde comen ahora tus numerosos invitados, si es
que comida se puede llamar a un plato de caldo sin gusto con cuatro garbanzos en
guerrilla, se pasó al gran patio que hay tras el edificio principal. Allí,
después de hacer la cola con el plato y la cuchara en la espera que te pusieran
un cazo del mejunje correspondiente, nos íbamos a sentar en el suelo, para
comer rápido la escasa ración y volver enseguida a la cola para un no siempre
posible segundo plato.
-----o-----
Los
dormitorios estaban en el piso superior y recuerdo que cuando llamaban a la
comida, salíamos como despavoridos a lanzarnos por las anchas escalinatas, para
evitar ser de los últimos, ya que a estos les esperaban unos fuetazos a las
piernas, que con saña feroz les aplicaba un malcarado y tuerto sargento que era
uno de los encargados de la disciplina.
Pero
aún no os he hablado de los no-invitados principales y más numerosos
protagonistas de nuestros infortunios: los PIOJOS, así en mayúsculas, porque
eran lo que teníamos en mente permanentemente noche y día. Imagínense que
nuestro aseo dependía de tan solo de dos grifos de agua que estaban en el
patio, de los que manaba un chorrillo de agua y tan solo a ciertas horas del
día y estábamos en pleno invierno. No recuerdo haber visto en toda mi vida tal
cantidad y "calidad" de piojos proliferando por todos sitios. Nuestra
principal y única distracción era sentarnos todos en el patio, por suerte
tuvimos siempre unos días maravillosos de sol, despojarnos de nuestras camisas
y dedicarnos a matar piojos y a hacer apuestas sobre la cantidad que mataría
cada uno; a los comunes les llamábamos "cazas" y a los grandotes por
estar ya mejor alimentados, "Trimotores". No soy propenso a exagerar,
pero creo que no bajarían de cien los que matábamos entre las uñas de
nuestros pulgares, en cada rato de cacería.
Mientras
estabas en la cola de la comida, veías correr los piojos por el pelo del que
tenías delante, igual que en los días que íbamos a la capilla, o estábamos
oyendo la misa dominical de campaña en el patio. Literalmente plagados de esos
parásitos. Era imposible erradicarlos. Me acuerdo que por las noches teníamos
que sacarnos toda la ropa para poder conciliar el sueño, ya que de lo contrario
los sentíamos correr sobre nuestra piel. Los bordes de nuestras prendas,
camisas, pantalones, chaquetas, todo estaba impregnado de esas malditas liendres
que se iban convirtiendo implacablemente en nuestros futuros enemigos.
Cuando
llegamos al campo nos pidieron, además de los datos de filiación comunes, que
diéramos algunas nombres de personas que podían avalar nuestra condición de
simpatizantes con la causa. Recuerdo que di el del ex-alcalde de Cervera, mi
pueblo, el de un amigo Botines y otro del que no recuerdo el apellido.
A
los pocos días recibí noticias del amigo Botines y de Sala, el ex alcalde, que
junto con los avales necesarios para mi libertad, me mandaron 25 pesetas, que me
cayeron como llovidas del cielo, ya que me permitieron reforzar mi alimentación
comprando un poco de comida en el pequeño mercado negro que funcionaba dentro
del campo. Me hallaron apto para el ejército y me pusieron en libertad a los
dos o tres días. Así dejé el campo de concentración y me convertí otra vez
en soldado pero del otro bando.
Al
llegar a la estación y mientras esperábamos para que llegara el tren que
tenía que conducirnos a Bilbao, lo primero que me compré fue un cuarterón de
tabaco picado, papel para liar los cigarrillos y una docena de plátanos, que
con calma, mucho gusto y paladeándolos completamente, me los zampé uno a uno.
Pero
eso ya es otra historia que guardaré para otra ocasión.
José
Turull Bargués
Ramos
Mejía, septiembre de 1999
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