De
un modo u otro es inevitable realizar especies de balances existenciales
cuando el calendario gregoriano marca que en breve tendrás que
acostúmbrate a poner un número más en el año de las fechas de, por
ejemplo, las cartas.
Esa sensación hace que muchos repasen
lo logrado en el año, o realicen listas flotantes de cuestiones a
realizar en el año que llega. A mi naturalmente me causa una
angustia notable que se expresa hasta con síntomas físicos.
No es que haga profusas listas ni que
me embarque en debes y haberes para reconocer el saldo anual.
Simplemente me atacan conos de sombras que me arrastran hacia el deseo
banal de seguir viviendo.
Año nuevo: existe una sensación
ambiental como si todo fuese a empezar otra vez, y sin embargo uno
arrastrara la historia de la humanidad en los cajones, papeles, agendas,
deudas, favores y armarios.
Pero la sensación está allí: 2005 y no
conozco lo que es viajar en avión. Nunca fui a una carrera de
galgos y jamás estuve sentado en una limo bebiendo espumante.
Nuevo año y no se a que huele un oso
polar ni tomé un taxi en Nueva York para ir a alguna parte. No sé
lo que es leer a Dylan Thomas en su lengua de origen y todavía no vi en
directo ningún trabajo de ese tal Miguel Ángel.
La angustia crece pero no de manera
caótica ni violenta, es como un imperceptible goteo que ni siquiera
lleva a sensaciones tangibles.
Nuevo año y no sé a que huele la
pólvora después de un ataque aéreo, no sé lo que siente alguien que se
reencuentra con alguien después de mucho tiempo y tampoco se a que
huelen los tentempiés en el Campín de Bogota.
Ignoró la sensación de pasear por La
Paz y sentir que la altura te aplasta, no sé que se siente al acariciar
un gato de angora y tampoco sé como son las fiestas en un yate.
2005 y aún no bailo boleros ni paseo por una calle de Madrid buscando
rostros amigables que me recomienden un sitio donde beber una cubata.
Lo impresionante es que no se trata
solo de cosas agradables, o cosas que realmente me causarían placer
realizar o sentir. 2005 y no se que se siente oír un disparo y
sentir que la bala te dio en alguna parte del cuerpo. No se lo que
es entrar a un quirófano ni se lo que es estar en medio de un huracán.
La lista no es ordenada, no es rítmica,
no es temporal, ni siquiera empieza y termina... llueve, para, gotea,
parece que va a llover, no llueve. No es lista, se parece, no se
parece, es constante, no lo es, se desvanece, se presenta y ni siquiera
cuenta con mi atención.
No escuche el sonido de trasbordador a
la hora de despegar ni sé a que sabe un licor que realizan unos monjes
de una cofradía cuyo nombre ya no recuerdo.
Sin amargura reconozco lo infinito, y
hasta lo finito que se presenta humanamente infinito más allá de la
rigidez matemática.
Año nuevo, esta columna podría no
terminar nunca, no conozco la experiencia de comenzar a escribir sobre
algo y no detenerme jamás. Así y todo los fantasmas jamás mueren.
Pero no es una intención admirable anularlos creyendo que así se alcanza
cierto nivel de placer, se trata quizás de alimentarlos hasta que
revienten y vayan generando nuevos. Así, hasta que ya uno se
convierta en espectro creyendo que tres o cuatro expectativas cumplidas
colmarán nuestra sinrazón.
Feliz 2005. El año próximo quizás
vuele en avión, experiencia que no me desvela, y entonces alguna otra
cosa emerja de los abismos para ocupar su lugar y pedirme, de una forma
realmente extraña, que me quedé a compartir otro café.
por José M. Pascual
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