Existen,
en la vida social, reglamentaciones para el comportamiento. Listas que
cada cultura elabora para remarcar aquello que es correcto o no
hacer en determinada situación.
Básicamente cuando se trata de
reuniones existe un protocolo (depende el tipo de reunión) que es
menester respetar como un contrato tácito. Ese paquete de reglas
variará entre una reunión empresarial, familiar, una cena en una
embajada, una reunión gubernamental, una reunión con tinte festivo,
etc.
En los casos donde el protocolo parece
estar ausente solo hay variaciones del mismo. La realidad socio
económica, la topografía, el ambiente, el nivel educacional de los
reunidos, las
edades, y otros muchos datos que harán a la reunión,
conformarán las variables para el conjunto de reglas establecidas.
Mientras que siendo invitado a un cena
en la embajada de Bélgica deberé tener en cuenta cosas como ponerme de
pie ante la presencia femenina y no confundir la copa de vino con la de
agua, en un asado con los muchachos ex compañeros del frigorífico
deberé saber que mi limite es no faltarle el respeto a la mujer del
Pelado Juan, aunque puedo señalar con una pata de pollo a mi
interlocutor mientras me rió con la boca entre abierta y llena de
ensalada rusa.
En síntesis, el protocolo nunca esta
ausente porque rige la tácita reglamentación de una reunión social.
Pero a la vez, cada uno ha de tener la sensibilidad personal de lo que
le agrada o no como comportamiento del prójimo en una reunión. Y
generalmente este tiene poco que ver con el otro protocolo.
Me resulta sospechosa la gente que en
las reuniones no bebe alcohol ni fuma. Mitad porque no le encuentro otra
razón para reunirse, mitad porque imagino una persona sin vicios. Como
mi alterada imaginación no puede dar con una persona sin vicios, mi
mente galopa en las terribles perversidades que ha de tener
aquel que acaba de decir "No gracias, no bebo" mientras se
quita de encima alguna bocanada de humo que por azar fue a parar cercana
a su presencia.
Detesto también a las personas
convencidas. El convencimiento se ve como actitud
envidiable y respetable, pero igual las detesto. Sobre todo aquella personas que
como disparadas por un resorte tienen la necesidad imperiosa de hacer
notar su convencimiento respecto a cualquier tema. No solo detesto que
generalmente suban el tono a la hora de expeler afirmaciones, sino que me
dan toda la impresión de estar al borde siempre de: al borde del
fascismo, del racismo, del magnicidio verbal, del "anti algo"
o del "pos algo". Me representan más a Stalin, a Hitler o a
MacArthur (verdaderos convencidos) que a personas de las cuales me
interesaría más informarción acerca de sus convencimientos.
No sé porque no me imagino a ningún
gran artista o científico trayendo a colación sus convencimientos
hasta cuando las conversaciones circulan por otros terrenos: - Que rico
está este vino, señor Descartes!
-No sé, pienso luego existo (cogito ergo sum), sabe... para mi en
realidad uno ... bla bla bla.
Peor aún son los que utilizan el
latiguillo "Para mi" y luego retrucan con una afirmación trascendental.
"Para mi todo los gatos son atigrados", y en algunos casos
rematan la frase acentuando el cierre con un más cobarde y reiterado
"Para mi". Entonces la afirmación queda emparedada y
convertida en una fortaleza que el "Para mi" hace inexpugnable
cerrando cualquier posibilidad de intercambió.
Lo mejor que puede pasar en esos casos es que otro "Para mi"
(por ejemplo un: "para mi no") también generé una fortaleza
que llene el espacio aéreo de la reunión con salvas de cañón que van
de un bastión al otro.
Otros mal recibidos en mi subjetivo
protocolo son los interlocutores que hablan todo el tiempo de si mismos.
El "Yo" aparece implícita o explícitamente (si son más
primitivos) en cada frase de más de cinco palabras que sea expelida de
su boca.
Existe también el que ríe todo el
tiempo. Muy bienvenido al principio, pero dudoso cuando pasado
determinado tiempo uno piensa: "le debe doler la cara de tanto
estar sonriente".
Lo que empeora la situación del
sonriente permanente es cuando éste coincide con el que nunca dice nada.
Interviene en la reunión, no ha dicho una palabra y sonríe todo el
tiempo: si usted no esta ante un asesino serial le pasará cerca.
Tampoco es de mi preferencia el famoso contador de chistes, lo que
algunos llaman "el alma de la fiesta". El verborrágico y su séquito de
aplaudidores. Un chiste esta muy bien, dos también, pero el show del
hombre que divierte a los invitados me sabe patético. Imagino a ese o
esa protagonista volviendo solo a su casa y bailando tab antes de
acostarse para que los vecinos sepan que Dick Van Dike se va a dormir.
La lista es extensa. Luego de las
generalidades llegan las puntualidades, y más luego quizás las
obsesiones histéricas más particulares. Si usted cree que esta lista
fue confeccionada por el resentimiento de casi no ser invitado a
reuniones, puede que tenga razón. Ahora bien, si usted esta
absolutamente convencido, si ríe todo el tiempo, si no bebe ni fuma, si
baila tab antes de acostarse : por favor no pierda tiempo en invitarme.
Además seguramente yo no sea de los que caen bien a su protocolo subjetivo.
por José M. Pascual
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