"Detrás de la Cortina de Hierro el frío es siempre
mayor... "
Aquella niña que nació en 1962 nunca imaginó que tan pronto tendría el
"mundo a sus pies".
Nadia Comaneci, de ella se trata, tuvo todo a los 14 años. Había
domado su cuerpo de manera que este llevaba a cabo con precisión lo que
su mente le dictaba. En Montreal 1976 compartió sus habilidades con el
planeta y recibió el primer 10 en la historia en una prueba de
gimnasia de JJ.OO. Su imagen, entonces, fue multiplicada por miles
de medios periodísticos y millones creyeron conocerla. Pero Nadia
guardaba secretos que ni ella sabía...
El Rigor detrás de las sonrisas
La dureza de los entrenamientos a los que la sometía Bela Karolyi,
su entrenador desde los 7 años, solo podían ser asimiladas por la
inconsciencia adolescente. Pero esta rigidez y obsesión de su entrenador
sería solo una pizca de lo que le depararía su vida.
Sin quererlo Nadia comenzó a ser un tesoro nacional en la
Rumania del dictador comunista Nicolae Ceaucescu. Un icono.
Amada, custodiada, tanto que terminó siendo presa de la red vigilante
del estado. Un ojo que llegaba hasta su alcoba: Nico, su esposo,
era el hijo del dictador. Estas limitaciones también le trajeron algunos
beneficios puesto que gracias a pertenecer a la "familia dictatorial"
podía incluir en su dieta alimenticia frutas y verduras: algo imposible
de conseguir en aquel país. Claro que los "beneficios" eran ínfimos al
lado de las torturas de un hombre que calcaba en bata lo que su padre
hacía en traje, tanto que alguna vez llegó a doblarle las uñas como
castigo.
La Fuga
Ya hacia 1989 la vida se le había hecho insoportable. A principios de
ese año Nadia conoció a Constantin Panait un hombre rumano de
gruesos bigotes y con residencia en EE.UU.. Fue él quién la enamoró y le
propuso vivir su amor lejos de Rumania. Así idearon la fuga....
Ya es la noche del 27 de noviembre de 1989, en un Audi siete personas se
dirigen hacia la frontera con Hungría. Unos kilómetros antes de llegar
el auto se detiene, allí se bajan Nadia y otras cinco personas,
sólo sigue en el vehículo Constantin, el único con pasaporte
extranjero. El pasaría sin problemas la frontera y los esperaría del
otro lado.
Nadia, como el resto, debía atravesar a pie el campo y la noche
para llegar, como ilegales, al mismo destino. Fueron seis horas
esquivando charcos de barro y miedos, con el ladrido de los perros de
fondo y sin luz para no ser vistos. Finalmente se llega a destino. Era
otro país, pero...
El grupo había equivocado la senda y ahora Nadia se encontraba
sola, sin ayuda y con la policía haciendo preguntas.
Nadia Kemenes, decían los documentos que portaba, ese, de origen
húngaro, era su apellido materno. Para aquellos policías de frontera
acostumbrados a las fugas de su país vecino ese nombre no decía nada y
por eso creyeron el cuento de que se encontraba paseando con sus amigos
y se perdió en la noche.
Una vez afuera del puesto fronterizo y ya en Hungría se encontró con
Panait, y ambos partieron a Austria dónde decidieron pedir asilo a
la embajada de EE.UU. en ese país. Poco tiempo después ambos partieron
hacia Norte América. Su equipaje fue una mochila cargada de tormentos y
gratos recuerdos.
Durante unas horas Nadia Comaneci fue una mujer sin apellido, sin
casa, sin país y sin destino. Aún así fue más feliz que cuando lo tuvo
todo.