A finales de los setenta por una de las tantas favelas
paulistas, Vitor
corre, como la mayoría de los niños por aquí, detrás de un puñado de
trapos atados en forma esférica imitando a una pelota. Acuñando un sueño,
el mismo que todos...
Pero
este niño nacido el 19 de abril de 1972 en el estado de Pernambuco
tiene algo especial. A simple vista Vítor Borba Ferreira
(tal su nombre verdadero) tiene el destino de la mayoría de los niños de
esta zona. Vive en la más absoluta pobreza, al ingresar a la escuela
primaria y luego de pasar por una revisión médica, implementada por el
gobierno para los niños de las favelas, a Vítor le sacaron todos los
dientes pues se le habían podrido por desnutrición. Andaba siempre
descalzo, sólo para patear un rato "se envolvía" los pies en
los retazos de lo que alguna vez fue una zapatilla. Para sobrevivir tenía
que ir a la playa de Recife a vender lo que conseguía: pulseras,
golosinas, bebidas.
Pero este admirador de Zico estaba convencido que el fútbol sacaría
de la pobreza a él y a su familia. Y fue ese convencimiento el que lo
llevaba a recorrer a pie, no había monedas para el boleto del bus, los 25 KM que separaban su hogar de las instalaciones del Santa Cruz de Recife.
Club en el que entrenaba Vítor, y dónde empezó a ser el que es: Rivaldo.
El
inicio de la adolescencia, como no podía ser de otra manera, no fue
feliz. Allí recibe un golpe durísimo, pero que luego lo haría más
resistente, más duro: su padre murió atropellado por un autobus.
A
diferencia de la mayoría de sus destacados compatriotas este volante, que
también sabe ser delantero, no se vislumbró como futura estrella. De su
comienzo en el Paulista Recife, pasó al Santa Cruz dónde
firmó su primer contrato como profesional. Después llegó un nuevo
traspaso, esta vez al Mogi -Mirim, de allí al Corinthians y
cuando ni siquiera llevaba un año en el Timao, pasó al
Palmeiras dónde ganó el Brasileirao de 1994. Y el resto es historia
conocida... Pegó el salto al fútbol europeo, ¿qué otro destino podría
tener?.
Los
primeros en disfrutar de su juego, aunque más no sea por una temporada,
fueron los gallegos del Deportivo La Coruña. Enseguida el Barcelona posó
sus ojos sobre él y se lo llevó para ganar "juntos" dos Ligas,
la Copa del Rey y la Supercopa Española. Méritos que le permitieron en
1999 ser Balón de Oro. Su salida del Barcelona fue casi por la ventana,
lo dejaron libre. Pero Vítor no se iba a rendir así nomás, enseguida
encontró club. Y vaya si lo hizo, llegó al Milán para ganar el título
que le faltaba la Champions League.
Además con el Scratch ganó el Bronce en los Juegos Olímpicos de Atlanta
96 y el Mundial Corea-Japón 2002.
Hoy
está casado, tiene dos hijos. Y entre sus particularidades se
encuentra su condición de hombre profundamente religioso, tan es así que
su libro de cabecera es la Biblia y antes de los partidos suele orar para
que nadie se lesione.
Su historia no hace más que seguir el recorrido que es tan habitual en
las estrellas salidas de los suburbios de esta parte del mundo: familia
pobre, el potrero (terreno descampado) como cuestión cotidiana, talento
en su máxima expresión, aparición veloz en el fútbol y consagración
europea.
Hoy Vítor Borba Ferreira tiene dos fundaciones, una en Brasil y otra
en España destinadas a apadrinar a niños postergados por carencias económicas,
para que en el futuro haya muchos más "Rivaldos" y no tantos
"Vítor"