Una
conquista histórica que jamás podrá ser evocada
como una fiesta completa.
Pocos
lo saben, pero a la misma hora en que Alemania y Polonia abrían la Copa
en la cancha de River, Ronnie Hellstrom, arquero de la selección sueca,
se convertía en el único jugador del mundial que prefería estar frente
a la Casa Rosada acompañando la ronda de las Madres de Plaza de Mayo, que
ya entonces reclamaban por sus hijos. Años después, Hellstrom declaró
que lo hizo porque se vio obligado por su conciencia.
El
otro partido
El
Mundial de fútbol fue una cuestión de Estado. En silencio desde que cayó en
desgracia, Lacoste, amo y señor del deporte en la época de la dictadura,
apenas recibió del juez Miguel Pons un reproche "ético"
porque, siendo funcionario, incrementó su patrimonio en más de un 400%,
manejando dinero de firmas extranjeras en la City, en los tiempos de la
bicicleta financiera de José Alfredo Martínez de Hoz (ex Ministro de Economía).
Holanda,
junto con Francia, encabezó la campaña para boicotear el Mundial
Argentina 78,
iniciada por organismo de derechos humanos y agrupaciones de izquierda.
Creando así el Comité Organizador de Boicót contra la Argentina (COBA),
cuyo presidente era el periodista francés Francois Geze. Pero fue gracias
a los periodistas que vinieron a cubrir el Mundial, que las Madres de
Plaza de Mayo (Agrupación que reúne a las madres de los
"desaparecidos" en la Dictadura Militar) tuvieron sus primeros
grupos de apoyo. Una agrupación holandesa de solidaridad con las madres
(SAM) donó un hogar, que hoy permite vivir juntas a las madres que se
quedan sin familia, que lleva el nombre de Lizbeth, esposa del que por
entonces era el primer ministro holandés Joop den Uiyl.
"Pero
¿ustedes no son argentinas?", se les preguntaba por esos tiempos a las
Madres, conocidas internacionalmente como "Las Locas de Plaza de
Mayo", como las homenajeó el libro del periodista francés Jean
Pierre Bousquet. Silencio, terror, ignorancia, indiferencia y en más de
un caso complicidad, se unieron para que una sociedad hipnotizada por un
Mundial conviviera con el horror.
Las
revistas de Editorial Atlántida lideraban las campañas pro
gubernamentales. La revista Para
Ti regalaba postales a sus lectores para que las enviaran a los políticos
y organizaciones que protestaban por las violaciones de los derechos
humanos. Somos alertaba, a pocos días de comenzado el Mundial,
sobre un "subversivo" detenido que podía ganar el Premio Nobel
de la Paz (Adolfo Pérez Esquivel). Y mientras el periodista Julián Delgado
desaparecía en pleno Mundial, Bernardo Neustadt (por entonces
reconocido periodista político) alababa a Jorge Rafael Videla (Presidente de Facto)
desde la revista Gente.
Hasta
el periodismo deportivo abandonó su conservador slogan de no
"mezclarse" con la política, cuando José María Muñoz
victoreaba e idolatraba a Videla en el momento en que el dictador
entregaba la Copa Mundial a Daniel Passarella. El mismo Muñoz, un fenómeno
de comunicación popular, un año más tarde, en los festejos por el
Mundial Juvenil ’79 promovió las celebraciones en Plaza de Mayo, donde
a solo metros se denunciaban desapariciones ante una comisión de la OEA.
"Los
argentinos somos derechos y humanos", se decía entonces. Tiempos
en que las crónicas confundían a Kempes con Videla. El primero pasó a
la historia del fútbol argentino como el Matador. El segundo fue
condenado por la justicia por asesino.
Y
en la cancha, el fútbol:
¿Qué
hubiera ocurrido si Roby Rensenbrink, hubiera convertido aquel tiro que,
ya sobre el final del partido, se estrelló en el poste y Holanda ganaba
2-1?. Ni la junta militar de Videla, Massera y Agosti podría haberlo
impedido. Y el fútbol, más que nunca, se hubiera convertido en "la
dinámica de lo impensado", como decía el periodista Dante
Panzeri,
que se oponía al Mundial, y murió pocos días antes de que comience
"La fiesta".
¿Cómo
no entender esa alegría del pueblo? Si hasta la propia Estela de Carlotto (Presidente de la Agrupación "Abuelas de Plaza de
Mayo") reconoció que, mientras ella lloraba en la cocina de su casa
junto a su marido por su hija desaparecida, en el comedor sus cuñados y
otros tantos familiares gritaban los goles de Kempes y cía.
Un
día después de la final, en el Hospital Militar, nació Guido. Su madre,
Miriam Carlotto (hija de Estela) fue fusilada dos meses después. Guido es
hoy uno de los 171 niños desaparecidos de los 230 secuestrados bajo la dictadura. Su abuela, Estela Barnes de Carlotto,
presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, lo busca desde aquel día para
abrazarlo como tantos pudieron abrazarse el día que fuimos campeones.
Una
de las tantas historias de aquel país detrás de la copa del mundo.