Nacional de Montevideo

(El Indio: Gloria y Honor)

por Pablo Ivan

Que la gloria es un dulce que nos seduce hasta convertirse en irresistible para nuestras "hambrientas" ambiciones es algo tan cierto como que nos "marea" una vez que nos envuelve. Y por lo general todo mareo no tiene otro que una caída....

  Le decían "El Indio" y era caudillo de Nacional de Montevideo. "Tocó el cielo" en 1917 al ganar el Sudamericano como capitán de la Selección Charrúa, paradójicamente en ese torneo sufrió una lesión en su rodilla de la que nunca se repuso.

Hablamos de Juan Polti half- back (defensor central) de Nacional de Montevideo. Polti debutó con quince años en un ignoto club de la quinta categoría de su país. Cinco más tarde los rumores sobre las condiciones de este muchacho llegaron a los oídos de un directivo del "Bolso" que decidió verlo en acción un sábado por la tarde. Al muchacho le sobraba "fuego", tenía el entrenamiento incorporado en su inconsciente, poseía una cabeza muy dura y su cuerpo se endurecía como un taco al saltar lo que transformaba cada cabezazo suyo en un certero golpe de billar que impulsaba la bola, casi siempre, con destino de red.

 Pese a todo Juan no estaba preparado. Por que dormirse un sábado siendo foward (delantero) de un club de quinta y amanecer el lunes siendo half del Nacional, fue un brusco salto en la senda de la gloria que lo hizo girar sobre si mismo, Juan entrenaba, jugaba, soñaba, deliraba....

 " Yo, señor presidente, quiero honrar el blasón que me han confiado". Con estas escuetas, pero sinceras palabras hizo su presentación Polti ante la dirigencia de Nacional antes de fichar para el club. Sabía apenas escribir, y se le consiguió un empleo de archivista con cincuenta pesos oro. Adquirió novia en forma, con madre, hermanas y una casa que el visitaba.

La gloria lo circundaba como un halo. "El día que no me encuentre más en forma me pego un tiro", repetía. Una cabeza que piensa poco y se usa mucho para recibir y contralanzar una pelota que llega como una bala puede convertirse en un caracol sonante dónde los aplausos repercuten más de lo debido. El half-back cabeceaba todo, sus cabezazos eran tan eficaces como los de su equipo entero. Juan tenía "tres pies" esa era su ventaja.

Llego el sudamericano, llegó el título, la gloria, la lesión....Juan comenzó a decaer, la pelota ahora partía demasiado a la derecha o a la izquierda; o demasiado alto, o tomaba demasiado efecto. Cosas que no engañaban a nadie sobre la decadencia del gran half-back. Sólo él se negaba a verlas.

Corrió un año más y la directiva del club tomó una decisión, la corriente sería la última temporada de Polti en Nacional, su reemplazo ya era un hecho. Como lo supo Juan, o como lo previó - lo que es más posible- son cosas que la historia no supo responder. Lo cierto es que Polti salió de la casa de su novia la noche del 5 de marzo con la noticia de que se casaría el 3 del mes entrante. Debía ser ese día pues era el cumpleaños de ella. Así fueron informados los muchachos del club, por donde paso Polti ya cerca de la medianoche. Se lo notaba alegre y hablador como nunca, estuvo cerca de un cuarto de hora, y luego partió a las apurabas. Es que sino, según sus dichos, perdería el último tranvía hacia la Unión, el barrio dónde vivía.

Esto es lo que se sabe de la noche del 5. Pues la madrugada del 6 de marzo encontró al half-back acostado sobre la cancha de "su" club, con el lado izquierdo del saco un poco levantado y la mano derecha oculta debajo del mismo.

En la mano izquierda apretaba un papel dónde se leía: "Querido doctor y presidente: Le recomiendo a mi novia y a mi vieja. Usted sabe, mi querido doctor, por que hago esto. Viva el Club Nacional!". Y más abajo, estos versos

 

"Que siempre este delante
el club para nuestro anhelo.
Yo doy mi sangre por todos mis compañeros
ahora y siempre el club gigante
Viva el Club Nacional!"

 

Su entierro dejó una marca en Montevideo. Pues lo que llevaban a pulso por espacio de una legua, no era el cuerpo de un gran half-back, sino el de una criatura fulminada por la gloria

Nada es más gratuito que la gloria. Y si se la obtiene así se paga fatalmente con el ridículo. O con un revolver en el corazón

Pablo Ivan

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