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Cuento de Navidad El Ayudante de Papá Noel |
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No recuerdo exactamente cómo fue que decidí aceptar la tarea, pero si les puedo asegurar que el primer día como ayudante de Papá Noel no fue precisamente como esperaba. Pensé que él me daría un traje rojo y que yo debía estar bien entrenado para bajar por las chimeneas sin despertar la más mínima sospecha. Pensé que el jefe me daría unos renos mágicos y que mi trabajo sería sobrevolar los tejados de un barrio de pibes afortunados. Quizás había visto muchas películas y por eso me costaba mucho imaginar la Nochebuena de otra manera. Faltaban pocos minutos para la medianoche y todos los ayudantes estábamos listos para recibir las instrucciones. A mí, sinceramente, me preocupaba el hecho de que no me hayan dado siquiera una barba blanca como para identificarme en caso de surgir cualquier inconveniente. Todos los presentes recibimos las asignaciones. El tiempo se detuvo. El jefe, al que veía por primera vez, me dio una pequeña bolsa, un papel con una dirección y me palmeó la espalda sonriendo con una expresión que me hizo olvidar las pequeñas cuestiones que me venían preocupando.
Me había tocado un edificio gris bastante alejado de las luces del centro. El
reloj se había clavado cinco minutos antes de las doce y llegué al lugar sin
recordar exactamente el camino que había tomado.
Comencé a sentir que algo andaba mal. Teniendo en cuenta el número de camas,
habría allí cerca de cien chicos, y yo sólo tenía una pequeña bolsa
-¿Será una prueba para los principiantes? - pensé. No pude resistir la necesidad de averiguar si se trataba de un error y abrí la bolsa para ver si había una carta o algo que explicara la situación. De hecho, tal vez las bolsas se confundieron y en este momento algún pibe estaba recibiendo cien regalos. Los nervios jugaron a favor de mi torpeza, ya que mientras pensaba en todo aquello, el contenido de la bolsa cayó al suelo sin que pudiera evitarlo. En ese preciso instante los relojes volvieron a funcionar.
¡Qué mal comienzo! Dije casi con un grito
inevitable. Sólo una pelota, esa que ahora se alejaba de mis pies por el
largo pasillo, era el regalo que Papá Noel había pensado para todos estos pibes. ¡La pelota! Gritaron. Yo estaba confundido. No parecían desilusionados. No corrieron hacia las ventanas para tratar de ver el instante justo en que los renos, que yo no tenía, tiraban del trineo, que tampoco me habían dado, para cruzar el cielo de la Nochebuena.
Alguien se detuvo a mi lado y me dio las gracias. Yo me asuste, pensaba que
nadie podía verme. Tuve vergüenza y traté de excusarme. Él trató de calmarme: - De todos, no hay problema con eso. Ellos están acostumbrados a compartir todo. En lugares como estos lo primero que aprenden a compartir son las tristezas, imagínese que no van a tener problema en compartir una alegría.
Yo me sentí muy extraño, estaba confundido, y decidí marcharme. Cuando estaba
cerca de la puerta, aquella persona me tomó del brazo y me dijo: -Oiga, ¿se va
a ir sin que le paguen?
Levante la mirada y comprendí. Me estaban pagando una fortuna. Recibí entonces
el mejor regalo de Navidad. Pensé en los otros miles de ayudantes que estaban
recibiendo su paga en hospitales, en orfanatos como este, en hogares de niños,
en edificios tristes y en lugares alejados dónde la más mínima luz alcanza
para iluminar a los ángeles. por José M. Pascual Prohibida la reproducción total o parcial de los textos sin el consentimiento del autor
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