Grave problema sin importancia. Allí está. El
cadáver de mi amada yace en el alfombrado suelo de mi habitación. Sigo durmiendo, a
veces plácidamente y otras me sobresalto pensando en lo que no necesito.
No sé bien si fue asesinato o suicidio; a nadie le importa, sólo a mí y sólo a veces.
Desde su inerte posición no puedo evitar que siga manejando mis tiempos. Podría haberla
quemado, pero como no soportaría el olor que tal trámite liberaría, olor a planes que
ya no tienen sentido, hice lo de siempre. La cargué sobre mi hombro izquierdo sin que
nadie se percatara, mi mano derecha en su espalda y la izquierda en la articulación de
sus piernas. Estaba más linda que nunca, me dolía verla, sonreía como cuando lo hacía
para mí.
Llegué hasta mi automóvil, abrí el baúl y deposité el cuerpo con suavidad. Sus firmes
muslos dorados rozaban la rueda de auxilio y su gloriosa cintura hacía tope contra el
matafuego vencido. Había hecho esto otras veces, pero el lugar volvía a aparecer vacío.
Tomé fuerte su mano fría y la confundí con el calor de la mía, después traté de
hacerla llorar, pero no pude; al final me resigné ante la impotencia de no generar
respuesta alguna y cerré la tapa con el dolor que me causaba saber que ya no me
pertenecía siquiera el poder de hacerle daño alguno.
Volví casi inmediatamente para ver si en el lugar del hecho quedaban rastros; y allí
estaba. Otra vez en el piso, misma posición, misma sonrisa, mismo cuerpo, pero ahora un
tanto borroso, así como se dejan ver los recuerdos, lo que provocaba que se mostrase ante
mis ojos aún más hermosa. La siempre insuficiente experiencia que uno puede tener, pero
experiencia al fin, hizo que la circunstancia no me sorprenda en lo mas mínimo, como si
hubiera sabido de ante mano que la tarea de deshacerme de ella iba a ocasionarme
inconvenientes.
Volví a cargarla, esta vez sobre mi hombro derecho, jugué un rato con su vestido corto
frente al espejo y la introduje nuevamente en el baúl. Vestía setecientos modelos de
ropa, decía doscientas cincuenta palabras dulces, algunas repetidas, pero con tono
diferente, y sus labios no se movían más que para mostrarme besos que sólo yo veía. Su
cuerpo era un templo, su boca sabía a secretos bien guardados. Quise pegarle y me dolía;
su corazón había partido sin sangrar la más mínima mancha de rouge, así como parten
los corazones orgullosos, esos que tan caro nos hacen pagar la estúpida inocencia de
creer en que uno tiene algo para dar aunque no lo quieran recibir.
Cerré el baúl y no quise volver; viajé un tiempo corto que se hizo eterno y mis oídos
no paraban de escuchar el soplido que salía de su boca inmóvil. Hablaba de
resurrección, de posibilidades, de tomar otro camino, de soluciones, de promesas y de
consejos.
El cansancio parecía vencerme y mi maldito enemigo personal de épocas de infortunio
estaba cerca de convencerme, otra vez, con sus estúpidas palabras lindas al oído,
palabras que ponía en boca de un espectro. Sabía que necesitaba ayuda, alguien que
hiciese por mí lo que yo no podía lograr, hacer desaparecer ese inolvidable y fúnebre
resto que me era imposible quitar de mi alfombrado suelo, de mis hombros, del baúl de lo
único que me quedaba: un automóvil con la dirección partida.
por José M. Pascual
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