Burlando
estupidez, Clavel heredó un dios pobre y ocupado. Cretino valiente de la valentía a
patadas, cruzó de norte a sur buscando cruzadas. Psico cirquero de voluntades, sabe bajar
vasos de un solo sorbo. Con su boca de pocos anuncios, palabras salvajes con olor a perro,
y el cuello marcado de llevar tirando la carreta pesada del destino incierto, llegó a rey
del camino, camino que nadie quería, camino que nadie tomaba. Así, boyando como un
pescado en el agua, vivió para seguir viviendo.
Conoció a su clavela una noche de esas bien nocturnas. Bailando la danza del pecho,
palpitando el cerrar de los párpados, mariposeando pestañas en venta y jugando apuestas
por nada. Ella ocupó ahí su centro y le dio un par de buenos momentos. Ella le mostró
un colchón viejo y el arte de la nausea.
Todo fue rincón y parejo, borde y comida. Un día de esos nocturnos, conoció la sombra
española, una que vino de oriente; a tomar vino vino y a soplarse las palmas. Ella era
buena bailando, la danza del vientre, y ni que el ejército hubiera venido a
prohibírselo: él le despegaría los dientes.
Clavel sufrió la fiebre que engrosa las pieles y vio su imagen sirviente. Desenfundo un
par de monedas robadas, de poco valor aparente, compró promesas sin vencimiento y los
bolsillos se le dieron vuelta.
Al santito de estampitas de colores le rezó más de mil veces y combatió con la espada
invencible del desinterés cuando le dijeron que ese santo no cumplidor era en realidad
una fotografía de un moicano adolescente. "El torero no cambia su forma, pero
sonríe en la última estocada" decía sabiendo que ni él entendía la frase, pero
gustándole como sonaba. Sin caballo cabalgo de este a oeste, creyéndose sincero mintió
un par de veces, y confesó tres de cuatro debilidades.
Arriba le vuela un buitre fiel que lo sigue a dónde vaya, boqueando la suerte del tipo
que viene zafando de que él pliegue sus alas y esquive el morirse de hambre por haber
elegido a un estúpido que goza de falta de atención de la afrancesada muerte.
Chasquea los dedos, pide que bailen las chicas, peina su peinado feo y, cuando sonríe, el
brillo de las mejillas se esmera por cubrirle los dientes ausentes. Cuando no se soporta:
zozobra en golpes al aire que algún aire devuelve.
Clavel es el más común de los hombres, también el menos frecuente. Sueña que la cosa
podría ser peor de lo que es y se consuela. Tolera todo, come tierra, y poco le importa
algo desde que sus piernas no tiemblan. Su clavelita se fue porque no lo aguanto más; se
hizo la cruel gata y no le perdonó ninguna otra danza. Clavel está en el fondo del pozo,
babeando de costado y llorando sin lagrimas. Trinchera solitaria, la del buen cocinero, la
parrilla eleva sus humos y le gotea en la frente. Desde la estación de trenes se ve que
conoce su oficio, limón que le salta en los ojos, y él: dominando el ardor. Ya vendrán
tiempos de echarle talón al piso y darle la panza al cielo, respirar perfumes de
primavera y dejar que el viento sea amigo.
Su hijo, desconocido, quizás tampoco nacido, debe haber caído de un tiro mirando las
cuatro esquinas. Clavel aguanta porque así le enseño su dios pobre y ocupado. Nació en
el asiento trasero de un Kaiser Carabela abandonado y un resorte le marcó la cara, una
marca que le descubrieron casi un día después, cuando pudieron bañarlo bien. Clavel asa
carne mientras su carne se asa. Se resigna a soportar porque está solo y espera que un
día cualquiera la realidad descanse un poco, aunque ese día... sea un día después de
que baje el buitre.
por José M. Pascual
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