Las siete de la tarde de la Avenida Corrientes.
Digo "de" y no "en" dadas las características, las cuales sería
inútil detallar, que hacen de esta una reconocible postal donde las aclaraciones
estarían sobrando. Una de las mil y una posibilidades que nos da las siete de la tarde,
la presente, ésta, la de Corrientes a pocas cuadras del obelisco para el lado del oeste.
Cuando terminé de pensar en todo eso ya había entrado a uno de los bares que comparten
la vereda con alguna escalera de entrada y salida a la línea B de subterráneos. Aunque
ya no eran en punto, el ambiente seguía ostentando ese manto de "siete de la
tarde", manto de neones a la espera del contraste nocturno y de luces de tubo que
delatan, quizás, el último día de su arrancador.
Me senté en una mesa que, análoga a un altar profano, rendía tributo a un cartel
preparado para soltar su efectividad a otra hora del paladar: "Churros con
chocolate". Traté de imaginar al autor de la obra y nítidamente se dibujó en mi
imaginación la siguiente escena:
El encargado, detrás del mostrador debería estar lustrando una copa con la habilidad de
dos dedos forrados de repasador mientras, con aspecto pensativo, soltaría una frase en
voz alta como si un tubo imaginario enviara el mensaje a la cocina: - Juan, me tenés que
hacer un cartelito con el tema de los churros. ¿Me escuchaste? Así lo ponemos por ahí.
El teórico Juan, asomándose por el rectángulo que comunica la cocina con la sala,
respondería: -¿Qué churros?
El encargado, sin desatender su ocupación, retomaría la palabra: - Lo del cartelito. Si
te dije. Hay que hacer un...
A lo que Juan, interrumpiendo la explicatoria del encargado, contestaría: - Ah, sí lo de
los churros. Hay que ver lo de la cartulina, jefe.
- Ya lo mandé al pibe, hace como media hora. Te digo que lo hagas vos porque sos el que
tiene letra más linda; así después lo colgamos ahí, arriba de la quince.
- Listo- cerraría el diálogo, Juan.
Cuando me cansé de jugar con la posible historia del cartelito, sentí como si la misma
hubiera sido real. Y preferí guardar eso como un hecho; después de todo, si llegaba a
enterarme que esa historia no hubiera existido jamás, mi desilusión sería la frutilla
de una torta hecha con pérdida de tiempo; y si llegaba a preguntar, y la respuesta fuera:
"¿El cartelito de los churros? Ah, sí, lo hizo Juan", me embargaría una
mezcla de orgullo y terror que no estaba dispuesto a sobrellevar.
Llegó el mozo hasta mi lado y, girando la bandeja como demostrándose idóneo en el
oficio, entabló conmigo esos diálogos extensos que mozos y clientes sostienen en los
bares de la calle Corrientes: -¿Sí?
A lo que respondí, acompañando la voz con la típica coreografía porteña que
representó mi deseo: - Un café - Alargando la distancia sonora entre el "un" y
el "café", como para mostrarme un hombre pensante y que no pide por pedir.
Pasaron los minutos regulares que lleva tomar un café cuando son las siete y diez y uno
tiene que estar siete y media a unas cuadras del lugar donde se encuentra. Pagué y,
mientras extendía los brazos contra el borde de la mesa arrastrando la silla para hacer
lugar a pararme, escuché: -¡Cierra la quince!
Me quedé perplejo, sorprendido y acelerando pensamientos ya pensados. Tres segundos;
giré la cabeza hacia la ventanita de la cocina al tiempo que me puse de pie. Me dirigí
al mostrador decidido a evacuar la duda sobre la existencia real de un Juan autor del
cartel que decía: "Churros con Chocolate"; pero antes de llegar, zigzagueé y
enfilé para la puerta. Tuve miedo.
Ya en la vereda, un poco turbado por el acierto, me pregunté por qué algún día no me
ocurría tal visión con un número de la lotería. Puede que la respuesta no sea tan
simple, pero me conformó pensar que la clave estaba en el temor. Descubrí que cuando
nuestra imaginación no conserva la debida distancia con la realidad nos descubre el
terror de pensarnos con un poder que no manejamos, mientras que a ganar la lotería: nadie
le tiene miedo. Con esa teoría me quedé satisfecho y continué mi camino.
Seguí caminando mientras trataba de ocupar mi mente con mi historia para no imaginar más
historias ajenas. Por un momento tuve temor de que alguien, cualquiera, estuviese
imaginando la mía. Sentí como si un supuesto, y para mí desconocido, Juan, parado en la
cocina de algún bar, supiese algo de mí.
por José M. Pascual
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