Las sirenas que anunciaban el bombardeo comenzaron a sonar. La gente corría, las tiendas
cerraron sus puertas, las madres llevaban a sus niños flameando en busca de un refugio y
la tarde se convirtió en un agudo sonido de alarma con agitadas marchas y contramarchas
desesperadas.
Nicolás North, empleado del correo, fue uno de los tantos sorprendidos por las sirenas
cuando estaba a mitad de camino entre su trabajo y su casa. Cruzaba hacia el este de la
ciudad después de haberse detenido como todos los días a comprar el diario y algunos
panes para acompañar su cena en la soledad del cuarto que alquilaba en el barrio de los
artesanos.
Volvía con las manos en los bolsillos de su sobretodo, con las noticias y los panes bien
calzados bajo el brazo, cuando lo sobrepasó el pánico general. Trato de correr, lo
llevaron tres veces por delante y le golpearon en las piernas con un niño. Caminó con
pasos largos hasta la esquina y en medio de la confusión vio, a mitad de cuadra, un buen
lugar para ponerse a resguardo de las bombas. Ya se escuchaba el motor de los bombarderos
cuando no pudo caminar más; sus piernas se clavaron al piso como si no respondieran a sus
ordenes, y entonces algo brillante le nubló la visión.
El brillo se hizo intenso, lo cegó, se hizo destello, y el tiempo se detuvo. La gente que
aún estaba en la calle quedó perfectamente detenida en la precisa actitud que mostraban
hacía unos segundos. A North le llamó la atención estar como si se pudiera estar dentro
de una fotografía de tres dimensiones. Un niño había quedado flotando en el aire
quieto, exactamente un segundo después de que su madre le diera un tirón en el débil
bracito para que avanzara con mayor velocidad. La mujer sólo contactaba con el pavimento
de la calle a través del tacón del zapato de su pie derecho. Las naranjas que un hombre
acababa de dejar caer en su desesperada carrera, se mantenían ingrávidas: tres a
centímetros del suelo y una apenas estallando incompletamente contra la vereda. El humo
de un camión cargado con verdura dibujaba en el espacio una nítida figura que se mantuvo
perfectamente limitada al instante en que el brillo había interrumpido el camino de
North.
Podía verse la sombra de un pájaro volando estático a unos dos metros de altura
después de haber despegado del dosel de una ventana en donde las cortinas congelaron su
flamear en una posición imposible. El tiempo se había detenido, sólo avanzaba el sonido
del motor de los aviones y la conciencia de North.
-¿Quién eres?- pensó Nicolás North
- Un ángel, creo que ese es mi nombre más conocido, pero tengo un número irrazonable de
nombres más. Particularmente pertenezco a un grupo asignado a situaciones como estas.
- Nunca había visto un ángel, no soy religioso.
- Sí. Digamos que no solemos aparecer así. Generalmente tenemos tiempo de cumplir
nuestra labor de un modo más humilde e imperceptible; sensaciones, pálpitos, decisiones,
circunstancias, palabras en boca de un amigo o un desconocido y muchas cosas más, pero
esta vez no hubo tiempo para todo eso.
- No creo en los ángeles.
- Bueno, entonces realmente es curioso que te hayas detenido.
La figura sonrió y un hombre que estaba a mitad de cuadra reanudó su corrida hasta
perderse en la esquina opuesta sin siquiera notar que él era el único con capacidad de
movimiento en todo aquel paisaje.
-¿Tu fuiste quién detuvo el tiempo?
La sombra del pájaro se movió y este completo su recorrido hacia el capitel de una de
las columnas que adornaban la entrada de un edificio público.
- ¿Estás anunciando mi muerte? ¿Por qué detuviste mi marcha? Si eres mi guardián has
fallado, puedo escuchar como avanzan los aviones. Las bombas caerán antes de que pueda
ponerme a salvo. Escucho a los aviones, ellos no se han detenido; es más: allí están.
La aparición se hizo brillo absoluto y volvió a cegar a Nicolás North, cuando
desapareció, el paisaje completó su movimiento. Las naranjas estallaron contra el piso
una tras otra; la madre alzó a su hijo y corrió en dirección opuesta a la que había
decidido North antes del brillo; el camión lanzó un humo final y su conductor saltó de
él rápidamente para buscar un sitio seguro; las sirenas reanudaron su ciclo sónico. Las
primeras bombas cayeron.
Nicolás North observó como aquel caos quieto volvía a su velocidad natural. Precedido
de un silbido penetrante, un estallido saturo todo lo audible. Varios segundos después,
entre el polvo y las piedras que seguían lloviendo, North vio como el lugar al que se
dirigía antes de presentársele el "ángel" había sido borrado de la faz de la
tierra. Se sintió confundido, aturdido, y corrió desesperadamente. Casi dos kilómetros
llegó a correr North sin disminuir el ritmo. Sin darse cuenta de lo mucho que había
andado se detuvo agitado, su corazón latía como debió latir el del soldado que llegó a
Atenas desde la aldea de Maratón. Él había salvado su vida.
En realidad, no importa agregar mayores datos a esta historia. Pudo ocurrir durante
cualquier guerra o cualquier situación similar, antes o después de que él hombre
perfeccionara sus fuerzas bélicas. Pudo ser cualquier ciudad, cualquier pueblo que haya
vivido o no pendiente de las sirenas de alarma. Nicolás North, pudo llevar el nombre de
Norman Nich, Narú Naskiri, Nasser Nalib, Nora Nesti, Nika Nakata o cualquier otro.
Ángeles como aquel suelen aparecer en momentos así, esto es del todo cierto, a pesar de
que quienes los han visto olvidan el encuentro en el preciso instante en que estos
desaparecen.
por José M. Pascual
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